La indolencia inaceptable del Gobierno de México por designar un nuevo embajador para Estados Unidos es de una falta de respeto (y de inteligencia) colosal.
Un gobierno sin cabeza ni cuerpo donde cada cual toma su propio camino sin línea, sin guía, sin pensamiento. Sobre todo sin carácter.
Yo había tenido como al peor presidente de México a Felipe Calderón por el gran desastre que provocó al "pegarle al avispero" de los cárteles más poderosos y desatar una escalada de violencia entre esas organizaciones empresariales ilegales sin parangón en la historia de México. Pero la indolencia (repito), la pasividad, serie de omisiones que han constituido el gobierno sin gobierno del presidente Peña me ha pasmado en ondas que van de la piedad a la desesperación por su actitud pazguata.
Nunca había tenido tales niveles de reprobación un presidente mexicano. Entre muchas o casi todas las acciones e inacciones de este presidente existe un elemento que lo ha convertido ya en el hazme reír más repudiado de la Historia, el presidente menso, el tonto, el de la mirada perdida, el presidente enfermito: su falta de huevos.
En un mundo donde se ensalza la diversidad, es claro que nuestra región animal, esa que traza la línea entre líder y manada, es más que necesaria y se manifiesta aquí precisamente por su ausencia.
Felipe Calderón cometió uno de los errores más terribles para el pueblo con el fin de acabar con los Zetas y defender así al cártel de Sinaloa, algo que quizá no es error desde su punto de vista pues hizo lo que le indicó el gobierno de los E.U. , pero con todo y su obsesión en la violencia, único tema de sus seis años pues no resolvió el desempleo, ni la economía, ni la salud más que con inventos cosméticos, Calderón era y es enojón e impositivo, solo sus chicharrones iienen que tronar y eso es lo que atrae más que la debilidad.
La percepción que genera ahora Calderón en comparación con Peña Nieto es de gran decisión y carácter. Calderón, citando su infausta frase, "haiga sido como haiga sido" muestra decisión, mano firme. Y Peña no muestra nada, absolutamente nada.
El presidente Peña debe de tener una seria enfermedad, lo digo sin bromear, porque está totalmente incapacitado para percatarse de su propio daño: no aguanta la crítica y tiene que resguardarla, se ve ya a todas luces que él no lleva las riendas ni la última decisión, ¡ninguna decisión parace provenir de él! No es dueño de sus palabras ni de sus actos, en esto ha rebasado como nadie a Vicente Fox, quien se veía muy influido por su esposa.
Hombres y mujeres en general perciben el liderazgo con el mal carácter. El mal carácter se relaciona con la fortaleza de carácter aunque no sea cierto.
Alguien que grita y hace aspavientos se relacionará perceptivamente con lo masculino y alguien reservado y callado con lo femenino.
Lo masculino continúa siendo un reflejo de liderazgo y fuerza. Lo femenino de reserva y debilidad.
Recalco que son percepciones que en el fondo no son ciertas pero aún esta sensación sigue siendo rectora.
Lo alarmante, verdaderamente alarmante en Peña es que no muestra ningún signo de carácter. Estrictamente tendría un carácter débil pero es tal la nadería que lo inunda que ni eso podría delimitar su tristísima figura. Lo acercamos a la debilidad pero lo cierto es que es una persona anulada, no existe. Y no importaría mucho si las manos tras el escenario fueran firmes: todos los presidentes tienen también a quien obedecer.
Aquí lo pasmoso es que pareciera que quien manejaba los hilos de este monigote sin alma tiró la toalla y estamos inermes.
Ya dejaron a estos niños torpes y destructores como niños que a su suerte, a empacharse de todo lo que puedan agarrar dejando al país al garete.
No hay guía, no hay dirección, el timón está solo girando a lo loco.
Que Dios nos agarre confesados
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